La Estación Central de Autobuses de Tel Aviv, el
segundo edificio en su tipo más grande del mundo, se levanta en la zona Sur de
Tel Aviv, Israel: un barrio conquistado por inmigrantes sudaneses y eritreos,
cristianos y musulmanes, llegados en las últimas décadas.
La terminal
es sucia, tiene pasillos mugrientos y mal ventilados repletos de tiendas y
stands que venden robots que reptan por el suelo; bandejas enteras de pizza;
tapados de piel sintéticos y colonias adulteradas. Aquí, en la planta baja, la
multitud se arrastra y grita.
Un judío gordo, de kippá
tejida y barba gris, está apostado en la entrada de su negocio para demostrar a
los clientes el perfecto funcionamiento de sus aires acondicionados portátiles.
En el fondo de todas las casas de electrodomésticos cuelga una pintura de algún
Rebbe famoso que parece bendecir la electrónica israelí.
Hay tres plantas abandonadas, de acceso prohibido,
donde no hay carteles, ni baños, no hay miklat[1], sólo redes de pasillos. Por
el suelo, por las paredes y el techo, las cucarachas de vientre abombado, las
cucarachas de patitas inquietas, las cucarachas moribundas. El edificio de
siete pisos esta colonizado por grafitis y tubos de luz parpadeantes.
En el último piso, el caracol de escaleras de
emergencia parecería estar suspendido desde el cielorraso oscuro. Aquí arriba también se mezclan los Scaletrix con las barras
de comida rápida que son vigiladas por una fuerza aérea de moscardones.
Las pizzas, cuya única vestimenta es una bandeja de
aluminio, se ofrecen sumisas en ángulo agudo a posibles comensales, recuerdan
las putas viejas de las inmediaciones que, cansadas, aburridas, arrugadas,
consumen por tedio un cigarrillo mientras esperan al cliente indeciso.
Afuera, las playas de estacionamiento están pobladas
de autobuses que llegan, se detienen y parten manejados por choferes de camisas
transpiradas y dedos engrasados.