jueves, 31 de marzo de 2016

Jisr Az Zarqa

La carretera número dos atraviesa el pueblo de Jisr Az Zarqa: de un lado, un enclave costero y del otro, la mezquita dorada, encajonada en un valle de cerros bajos y verdes. La entrada a la playa está jalonada por una serie de gazebos, de cuatro patas y techo piramidal, dispuestos con prolijidad y simetria: todos están vacios. No hay turistas. En espejo al mar, una barranca sobre la que posan dos cuervos. No graznan. No aletean. No se mueven.
En las playas del pueblo corren niñitos árabes semidesnudos que corren y mojan sus pies en el mar. Nuestros amigos, vestidos con chombas de fin de semana, se sacan fotos mutuamente. El cielo está muy nublado, pero no va a llover. El mar, sereno, sacrifica corderitos de agua que se despedazan contra las rocas.
Frente al puerto se levanta una pescadería construida con adoquines y techo de paja. Dentro, un mostrador, con la cocina a la vista. Utensilios y cachivaches cuelgan de la pared: un salvavidas naranja, narguilas, botellas vacías, saleros, un paquete de servilletas de cocina, y los platos apilados, recién lavados.
Sentados en el suelo de mosaicos azules, dos niños, uno con un delantal y otro con una capucha, despellejan el pescado. Alrededor, las chozas de los pescadores, cuadradas, compuestas de tablones de madera y techo plano, de colores blanco o gris y rodeadas por un enjambre de postes eléctricos de madera. En primer plano tres niños tirados en la arena: parecen sobrevivientes de alguna explosión.
Dos niños corren en nuestra dirección mientras los acribillamos con nuestras cámaras. No están contentos ni tristes. No están asustados ni parecen amistosos. Corren sin rumbo fijo. Quizás la madre esté muy lejos.
Al salir de la pescadería a la izquierda hay un caballo en blanco y negro, atado a un árbol con las ramas peladas, en blanco y negro, en una confluencia de dos calles de tierra, en blanco y negro y de fondo una furgoneta y otro auto estacionado, la furgoneta blanca y el auto negro.
Al salir de la pescadería a la derecha, bajo un árbol pelado, un viejo de bigotes y gorra de lana le enseña a una niña envuelta en una toalla rosada a tejer una red de pesca.
Anochece. Al norte del pueblo se extiende una oleada de médanos que se estrella contra el mar. La cima de cada duna, coronada de lirios, de violetas, de malvones, está envuelta en una fragancia amarga.