La carretera número
dos atraviesa el pueblo de Jisr Az Zarqa: de un lado, un enclave
costero y del otro, la mezquita dorada, encajonada
en un valle de cerros bajos y verdes. La
entrada a la playa está jalonada por una serie de gazebos, de cuatro
patas y techo piramidal, dispuestos con prolijidad y simetria: todos
están vacios. No hay turistas. En espejo al mar, una barranca sobre
la que posan dos cuervos. No graznan. No aletean. No se mueven.
En las playas del
pueblo corren niñitos árabes semidesnudos que corren y mojan sus
pies en el mar. Nuestros amigos, vestidos con chombas de fin de
semana, se sacan fotos mutuamente. El cielo está muy nublado, pero
no va a llover. El mar, sereno, sacrifica corderitos de agua que se
despedazan contra las rocas.
Frente al puerto se
levanta una pescadería construida con adoquines y techo de paja.
Dentro, un mostrador, con la cocina a la vista. Utensilios y
cachivaches cuelgan de la pared: un salvavidas naranja, narguilas,
botellas vacías, saleros, un paquete de servilletas de cocina, y los
platos apilados, recién lavados.
Sentados en el suelo
de mosaicos azules, dos niños, uno con un delantal y otro con una
capucha, despellejan el pescado. Alrededor, las chozas de los
pescadores, cuadradas, compuestas de tablones de madera y techo
plano, de colores blanco o gris y rodeadas por un enjambre de postes
eléctricos de madera. En primer plano tres niños tirados en la
arena: parecen sobrevivientes de alguna explosión.
Dos niños corren en
nuestra dirección mientras los acribillamos con nuestras cámaras.
No están contentos ni tristes. No están asustados ni parecen
amistosos. Corren sin rumbo fijo. Quizás la madre esté muy lejos.
Al salir de la
pescadería a la izquierda hay un caballo en blanco y negro, atado a
un árbol con las ramas peladas, en blanco y negro, en una
confluencia de dos calles de tierra, en blanco y negro y de fondo una
furgoneta y otro auto estacionado, la furgoneta blanca y el auto
negro.
Al salir de la
pescadería a la derecha, bajo un árbol pelado, un viejo de bigotes
y gorra de lana le enseña a una niña envuelta en una toalla rosada
a tejer una red de pesca.
Anochece. Al norte
del pueblo se extiende una oleada de médanos que se estrella contra
el mar. La cima de cada duna, coronada de lirios, de violetas, de
malvones, está envuelta en una fragancia amarga.