Abajo
se ve la vieja Quneitra, hoy abandonada, destruida en la retirada del
ejército israelí. El gobierno sirio trasladó la capital provincial
a la Nueva Quneitra o Ciudad Baaz (nombre del partido gobernante)
unos kilómetros al Oeste. La urbe se extiende en damero, poblada de
grisáceos monoblocks de tres o cuatro pisos, una torre de
vigilancia, un minarete, tramos discontinuados de un muro perimetral
coronado por alambre de púas. Un estruendo bélico recuerda que en
el país árabe se desata hoy en una nueva guerra.
Subimos
al auto para seguir camino, pero al final decidimos quedarnos unos
momentos más y estacionamos en el parking.
Bajo
los árboles pelados del mirador, una familia árabe -bigotes
poblados ellos, pañoletas atadas a la cabeza ellas- conversa con
alegría mientras bebe algo. No sacan fotos al paisaje ni se sacan
fotos entre sí y mucho menos permiten ser fotografiados.Los
musulmanes creen que la fotografia roba el alma. Un vendedor -gorra
de lana y bigote- expone sus conservas y frutas flanqueado por las
puertas traseras de su camioneta abiertas de par. Es curioso que se
deje fotografiar. Da la espalda a la camara y luego mira al objetivo
sin sonreir.
Seguimos
viaje hacia el monte Ben Tal en cuya cima se encuentra el Café Kofi
Annan y un puesto de observacion de la ONU.
La
entrada está jalonada de esculturas de dinosaurios metálicos a
escala humana que no armonizan con la historia de la zona, al igual
que aquel café temático sobre Elvis Priesley a la salida de
Jerusalen. Un tiranosaurio, bracitos en ristre, vigila la
entrada.Sobre el muro que rodea el camino hay perfiles de hojalata
con formas de soldado -acuclillados, apuntan con rifle; o erguidos,
miran con prismáticos -figuras que se repiten en todo el recorrido,
humanoides que en verdad acosaran al visitante y, a diferencia del
tiranosaurio, lo intimidaran.
Subimos
a pie hasta la cima de la montaña,entre el sol y el viento frio,
para encontrar el famoso café.
En un
poste, carteles apuntan a ciudades ubicadas en los cuatro puntos
cardianles -Jerusalen, Amman, Haifa, Bagdad, PM Office-. A la derecha
se erige el restaurante cuyo nombre es un juego de palabras. Koffi
Annan fue Secretario General de la ONU y en hebreo significa Café en
las Nubes. En un mirador cercano hay dos oficiales austríacos; el de
más jerarquía parece estar ocupado con su laptop; el otro, rubio de
ojos celestes, explica a los visitantes de modo muy animado la
terrible situación vivida montaña abajo.
Nos
retiramos en el momento justo en que el oficial amistoso da inicio a
un briefing para soldados recién llegados y con banderitas de China,
Irlanda, Méjico bordadas en sus hombreras. Algo inusual, como los
dinosaurios o Elvis Priesley, aunque no del todo atipico en la zona.
Subimos al auto y arrancamos en direccion al Monte Hermón.
El
Monte Hermón es un pico nevado omnipresente y visible a lo largo y
ancho de los Altos del Golán. Bajo él se extiende un pueblo árabe,
ahora bajo dominio israelí. La calle principal serpentea en
dirección Oeste-Este; a lo largo, edificios de colores chillones
para combatir la melancolía de la montaña, banderas sirias atadas a
faroles, fotos del Presidente sirio que asoman de los balcones;
viejos con mostacho, boina, traje y corbata fuman shisha y beben té
de menta sentados en alfombras persas a la espera del regreso de su
caudillo, de su mesías presidente -no el hijo, Bashar, sino el
padre, Hafez-al-Assad beligerante en 1973- montado en un tanque
soviético. Esto siempre fue Siria y los israelies no se dieron
cuenta.
El
viaje de regreso a Tel Aviv será largo, de unas dos horas y media,
para cruzar el pais de Norte a Sur. Y ya hemos sido ´´israelizados´´
en el kilometraje.
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